Comenzó a trabajar cuando tenía apenas 8 años y lleva casi siete décadas ligado a la actividad. Una historia de esfuerzo, viajes, clientes y anécdotas que lo convirtió en uno de los comerciantes más reconocidos de Brandsen.
El comerciante de pueblo siempre se caracterizó por conocer a sus clientes, recordar sus talles, los de sus esposos o esposas y los de sus hijos. También, el aparato electrónico o el artículo de bazar que les vendió años atrás y, si uno se pone detallista, hasta la marca del producto.
Es esa persona que, en la mayoría de los casos, cuenta con una amplia trayectoria —algunos, incluso, continúan con el legado de sus padres— y a quien, al llegar a la vejez, le cuesta dar un paso al costado porque siente que vender es algo que lleva en su interior, que forma parte de su vida y de lo que la hace feliz.
Miguel Ángel Daniele es uno de esos comerciantes de amplia trayectoria con los que cuenta Brandsen y que, de una u otra manera, está ligado al rubro desde hace casi 70 años.
Detrás de la Noticia conversó con él para conocer sus comienzos, repasar su extensa trayectoria y descubrir por qué, después de tantos años, todavía mantiene intacta su pasión por vender.
Su relación con la actividad comenzó a muy corta edad, cuando tenía apenas 8 años, algo impensado para los tiempos que corren.
“Empecé como empleado en la vieja librería San Martín, de calle Ferrari. Antes no había problemas por ser tan chico. Se estilaba ir de aprendiz”, contó.
Corría la década de 1950 y, aunque estaba regulado, era habitual que en los pueblos un niño realizara durante sus tiempos libres pequeños trabajos en el comercio familiar, junto a sus padres en el campo o en un local, llevando adelante diferentes labores.
En aquel lugar, propiedad de Eduardo “Cacho” Rosselli, Miguel comenzó acomodando mercadería, barriendo la vereda y entregando pedidos. Finalmente, también se sumó a la atención al público.
Pero el paso que marcaría el resto de su vida laboral lo dio cuando tenía 14 años y cambió de tarea dentro de la librería.
“Empecé a salir a vender mercadería al por mayor, lo que se llama ‘levantar pedidos’, en otros comercios de Brandsen y de la zona, como Jeppener, Ranchos o Loma Verde, por ejemplo”, relató.
Viajaba en colectivo, en tren o a dedo. A nadie le sorprendía que un adolescente se manejara solo: “Antes era otra cosa. Hoy un chico de esa edad no puede trabajar, tiene que estar en la escuela”.
Esas salidas lo llevaron a conocer otra faceta de la actividad que le gustó muchísimo. Por eso, al poco tiempo también comenzó a comercializar por cuenta propia, de manera paralela a su trabajo, otros productos, como pequeñas prendas de vestir, ropa interior y “otras menudencias”, según las definió.
Compraba la mercadería en el barrio porteño de Once y la despachaba en lo que se conocía como el “tren local”, que hacía el trayecto directo entre Plaza Constitución y Brandsen y llegaba a la estación cerca de las 20.
“Me costó muchísimo. Era muy difícil vender, pero, sobre todo, comprar, porque no tenía un capital que me respaldara y tampoco la edad necesaria para abrir una cuenta en el banco”, recordó Miguel.
Amaba lo que hacía. Sin embargo, sus padres le sugirieron que cambiara de trabajo porque el sueldo en el comercio, como todavía ocurre hoy, era bajo. Querían que buscara otro lugar para ganar más y poder progresar.
Fue así que, como todo joven obediente de la época, les hizo caso y comenzó a trabajar en la fábrica de cubiertos que la firma Rivadossi tenía en la esquina de Sáenz Peña y Luis Sosa, en el barrio Matadero. Pero, ojo, no dejó de vender sus productos durante sus tiempos libres.
El cambio llegó en 1968, cuando cumplió 18 años y se acercó a la sucursal local del Banco Provincia para abrir una cuenta corriente, que todavía conserva. A partir de ese momento se dedicó por completo a lo que le gustaba.
Vendió baldes, fuentones, vasos de whisky —algunas docenas todavía se conservan en su casa—, cosméticos y calzado, hasta que incorporó la ropa de cama, que se convirtió en su fuerte.
“A veces, durante el invierno, realizaba las entregas en bicicleta. Llevaba hasta diez frazadas juntas. Una locura, no sé cómo hacía. Cuando podía, les pagaba unos pesos a personas que tenían auto para que me llevaran”, recordó.
Todo se facilitó cuando compró un Ford modelo 1935. Luego lo cambió por un Citroën 2CV y, más tarde, llegó el turno de un Renault 4L, marca a la que permanece fiel hasta el día de hoy.
Pero el gran salto ocurrió cuando un mayorista del barrio de Once vio en aquel joven Miguel un importante potencial. Y no se equivocó.
“De tanto caminar llegué a un lugar que me abrió las puertas. Fui a comprar cuatro frazadas y el dueño quería que me llevara 30 para pagar en 180 días. Al principio no acepté porque me parecía una cantidad enorme y creía que no las iba a poder vender. Pero al final dije que sí”, relató.
Ese fue el comienzo de una relación comercial que se extendió hasta hace poco, cuando la firma cerró su local. Además, aquella operación también se convirtió en la puerta de entrada a otros mayoristas por el solo hecho de ser cliente de ese comercio.
A Miguel también lo ayudó haberse desempeñado, durante un tiempo, como cobrador de un comerciante que vendía prendas de vestir en cuotas a policías. De allí tomó ese método de pago, que utiliza hasta el día de hoy.
Y, por esas casualidades de la vida, expandió su actividad hacia pueblos más distantes, que se transformaron en otra de sus fortalezas.
“Estaba en la casa de Luján Barragán padre —el progenitor del actual presidente del Club Las Mandarinas— y me propuso ir a vender a Castelli y tomar como cobrador a un familiar que me presentó en ese momento”, contó.
Este paso derivó en un largo recorrido que luego lo llevó a casi todas las localidades de la zona y a puntos más distantes, como Las Flores, Dolores, Maipú, San Antonio de Areco, 25 de Mayo, Carmen de Areco y Lobos. Actualmente, continúa visitando los tres últimos, además de atender a domicilio a sus clientes de Brandsen.
“Iba casa por casa y, algunas veces, hasta los campos. Había mucha diferencia de un pueblo a otro; la gente era distinta. Tuve muy buenos clientes y algunos siguen siendo fieles después de tantos años. Hubo épocas en las que las señoras mayores salían con la plata envuelta en un pañuelo porque ya la tenían separada para pagar la cuota”, rememoró.
En esos lugares tenía cobradores y, en algunas ocasiones, también vendedores. Con varios de ellos forjó grandes amistades que, en algunos casos, se extendieron durante más de 50 años.
“No me puedo olvidar de ellos porque fueron primordiales en este trabajo. Eran quienes me decían a quién podía venderle porque era buen pagador y a quién no”, destacó Miguel.
Con el paso del tiempo, ya en la década de 1980, también abrió su comercio en Brandsen, sobre la calle Paso, casi en la esquina con Larrea. En un principio fue un local de artículos de librería y, más tarde, se volcó a la venta de ropa y blanquería.
A mediados de la década de 1990 lo reabrió en un local propio frente a la Terminal de Ómnibus y permaneció allí hasta que decidió cerrarlo durante la pandemia.
Para llevar adelante aquella etapa también fue primordial el acompañamiento de quien fue su esposa durante 45 años, Gloria Belaunzarán, que atendía los comercios y le daba una inmensa mano en todo lo que estaba a su alcance.
Hoy, a pesar de su edad, Miguel supo adaptarse a los tiempos que corren y maneja la tecnología casi como cualquier joven. Tiene Instagram y TikTok y publica estados con sus productos, a veces siguiendo los consejos de sus dos hijas, sus tres nietas y sus dos nietos, quienes siempre lo acompañan.
Sus clientes lo saben y, por eso, cualquier día de la semana y a toda hora le realizan consultas y pedidos por WhatsApp o le envían comprobantes de pagos digitales.
Los avatares económicos del país lo afectaron, como a todos los comerciantes, pero recuerda especialmente el Rodrigazo, el plan de fuerte ajuste implementado en 1975.
“En esa época daba hasta diez cuotas. Una vez vendimos 100 frazadas en un solo pueblo. El último pago de todas las cuotas juntas, por ejemplo, no me alcanzaba ni para comprar un kilo de pan. Ese lote de mercadería lo perdí por completo”, relató.
También se refirió a la hiperinflación ocurrida durante el gobierno de Raúl Alfonsín: “Los aumentos nos tenían como locos. A mí me pasó de comprar a un precio y que, cuando llegaba a la caja, tuviera que pagar otro porque había cambiado en ese mismo momento. Una vez, en Brandsen, no sabía a qué valor vender”.
Reconoce que actualmente la situación es difícil y que las ventas bajaron, aunque considera que el paso del tiempo también influyó en su ritmo de trabajo.
“Tengo otra edad y el espíritu no es el mismo que 20 años atrás. Antes, capaz, me iba tres días y me quedaba en un hotel, o viajaba con neblina o lluvia, cosas que ya no hago”, explicó.
Llegó a recorrer hasta 6.000 kilómetros en un mes —es difícil calcular cuántos hizo desde que comenzó— y a cambiar su auto todos los años, porque el desgaste que sufrían los vehículos antes no es el mismo que el de ahora. Solo tuvo dos pequeños accidentes, sin consecuencias físicas, tras los cuales volvió rápidamente al ruedo.
Miguel cosechó miles de anécdotas, como la vez que vendió en un campo de Loma Verde el pulóver que llevaba puesto; cuando le reclamó a un moroso de San Miguel del Monte que le devolviera la mercadería que había comprado y este lo amenazó con un revólver; o el parrillero que lo esperaba con chuletas a las brasas en Roque Pérez.
En algunos pueblos también terminó en la comisaría porque existía un homónimo llamado Miguel Ángel Daniele, en la provincia de San Luis, que tenía un pedido de captura por parte de la Justicia. Los números de DNI eran diferentes, pero igualmente lo demoraban y luego lo liberaban tras realizar los trámites de rigor.
Como ocurre con otros vendedores brandseños —por ejemplo, los hermanos Omar e Iusef Abdelhadi, o Elena Caram y Cacho Rosselli en su momento—, Miguel no piensa retirarse de la actividad mientras pueda.
“Hicimos esto durante toda la vida y, si nos falta, lo extrañamos”, aseguró.
“Por eso, para mí es un honor ser comerciante, haber sido honesto en este rubro, y mi recompensa siempre la tuve gracias a mis clientes y a mis cobradores”, destacó con los ojos humedecidos.
Hoy, los mayoristas de la calle Larrea, en Once —donde se encuentran la mayoría de sus proveedores—, lo saludan por su apellido cuando lo ven pasar y lo invitan a comprarles. Lo mismo le ocurre cuando visita las estaciones de servicio de los pueblos, donde se encuentra con clientes que son hijos o nietos de antiguos compradores.
Él responde con la misma humildad de siempre, la que conserva mientras vende. Su compromiso con la actividad sigue intacto, como el primer día, y continuará adelante hasta que decida colgar las llaves de su camioneta y dejar de viajar, algo que, por ahora, no parece que vaya a ocurrir en el corto plazo.
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