Brandsen

Mariela Arias y 27 años de docencia rural: “Este es un lugar al que le debo mucho en la vida”

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Detrás de la Noticia charló con la secretaria del CEPT N° 18 de Brandsen sobre la actualidad educativa en la zona rural y el trabajo que desarrollan desde este establecimiento.

Los maestros y profesores rurales, sin desmerecer al resto, son de los más valorados del ámbito educativo. Diversas son las razones por las que se arriba a esta conclusión y por las que ellos siguen siendo reconocidos con el paso de los años.

Seguramente, los kilómetros que recorren desde sus hogares hasta cada escuela, muchas veces a dedo; el transitar por caminos anegados, en mal estado, con días de lluvia, tormentas o neblinas.

Pero, sin lugar a dudas, es el compromiso que asumen con ese establecimiento, al que sienten como propio y en el que, a veces, se transforman en algo más que un educador.

Mariela Arias, secretaria del Centro Educativo para la Producción Total (CEPT) N° 18 de Brandsen, es una profesora que representa a ese universo de docentes. El pasado 6 de agosto se celebró el Día de la Enseñanza Agropecuaria y, por eso, Detrás de la Noticia la entrevistó para rendirles a estos docentes un simple homenaje por la loable labor que llevan adelante.

“Ser docente rural es algo muy fuerte, porque no se es solamente eso, allí se cumplen otros roles. Uno pasa a ser como de la familia del alumno, como una mamá, papá, hermana o tío”, resaltó al inicio de la charla.

Empezó muy joven allí —a los 19 años; hoy tiene 46— como profesora de inglés, cuando para dar clases solo bastaba con haber obtenido el título en una academia de lengua inglesa. Sin embargo, años después cursó la carrera oficial en el Instituto de Formación Docente N° 49 de Brandsen, donde se recibió en 2008.

Para ella era todo un desafío, con un hijo muy chiquito, ausentarse todo el día para dar clases, quedarse a dormir en el lugar una vez por semana y salir de recorrida por los campos tras atravesar largos caminos rurales en auto.

“Al principio, como a muchos les pasa hoy, me parecía una locura, pero tenía que trabajar. Eso me enseñaron mis padres, a los que les agradezco por el apoyo que me dieron en esa época”, contó sobre su llegada al CEPT, que vino de la mano de un ofrecimiento de su tío José Etcheverry, quien luego también fue profesor allí.

Los CEPT (que hoy son 35 en la Provincia) tienen un sistema de educación diferente al tradicional: se cursa una semana como internado y dos en sus viviendas, con clases de 8.00 a 20.00, recreos como en cualquier escuela, intervalos para las comidas y horarios para bañarse, por ejemplo.

Es mixto, con habitaciones separadas por sexo, y cada uno, además de educarse, colabora con la limpieza de la escuela, el aseo de los utensilios y otras tareas.

En el lugar solo se permite el uso del teléfono celular al final del día o cuando un profesor lo solicita para alguna actividad. “Está en el acuerdo de convivencia y es algo que no se negocia”, destacó Mariela.

La cursada se divide de la siguiente manera: 1° y 2° año, una semana; 3° y 4°, la siguiente; y, por último, 5°, 6° y 7° (este año van solo tres días por la carga horaria). Para ingresar se tiene como requisito vivir en el ámbito rural —aunque existen excepciones— y los egresados obtienen el título de Técnico en Producción Agropecuaria.

En lo que respecta a las semanas de estadía en el hogar, los alumnos reciben allí las visitas de dos profesores tutores, que corroboran que tengan al día las tareas escolares que se llevaron y charlan sobre diferentes temas. Es algo similar a un seguimiento pedagógico.

Además, tienen una especie de trabajo práctico que consiste en acoplarse, con pequeñas colaboraciones, a las tareas que realizan sus familias en el campo. La mayoría de los progenitores son peones rurales, pero también hay gente que trabaja en tambos o en establecimientos de cría, así como unos pocos que son propietarios.

Por el lado de los padres, existe una asociación —de la que también pueden participar vecinos o miembros de la comunidad— que cogobierna el CEPT, con funciones similares a las de una cooperadora, pero con injerencia en otros aspectos como, por ejemplo, la selección del personal docente.

Mariela destacó el trabajo que realizan y el reconocimiento que día a día reciben de parte de todos: “Nosotros hacemos más que educar. Esto se da por los valores que, a pesar de los cambios que hubo, todavía conserva la gente de campo”.

“La escuela se transformó en el centro de encuentro de la familia rural, donde se canalizan diferentes cuestiones, como problemas de salud, sociales o personales, creyendo que uno puede resolverlos, algo que por supuesto se intenta”, manifestó.

A muchos los sorprenderán estas afirmaciones, pero es algo que antes ocurría en cualquier escuela y que, con el paso de los años, se fue perdiendo. En el ámbito del campo hubo muchos cambios a partir del arribo de la tecnología, opinó esta docente que hace casi 27 años trabaja en ese lugar, pero la mayoría de los valores se siguen sosteniendo.

“A mí nunca me tocó lidiar con un padre violento, todavía respetan al docente y podemos marcar un límite, y lo entienden. Lo mismo pasa con los chicos. Pero los problemas que ocurren en las ciudades a veces llegan. Son pocos y, cuando eso pasa, nos preocupamos y ocupamos”, subrayó.

Además, a veces tienen que tomar decisiones sobre los alumnos cuando los padres no contestan una llamada debido a la mala señal o a la falta de señal de los teléfonos celulares, siempre respetando el lugar de cada uno.

Hace 15 años que es secretaria, cargo que ama, y siempre recuerda una frase que le brindó Susana Valdez al tomar posesión y que la dejó marcada para el resto de su carrera: “El director es necesario en una escuela, pero el secretario es la columna vertebral, no puede funcionar sin él”.

Hoy ya tiene como alumnos a hijos de egresados y destacó entre sus momentos más fructíferos las noches que pasó de guardia allí, donde compartió con los chicos charlas enriquecedoras sobre diferentes temas de la vida.

Mariela sostuvo que el título de los egresados del CEPT no es tan valorado como se merece, porque está a la altura del de las escuelas técnicas y porque los estudiantes obtienen conocimientos muy amplios para el ámbito rural.

Declaró que muchos vuelven al campo porque les gusta, porque lo llevan en la sangre, y se lamentó de que muy pocos logren estudiar una carrera universitaria o terciaria, aunque tengan potencial y desde el CEPT se los incentive.

“Es muy difícil económicamente para las familias, porque por más que se tenga el boleto estudiantil gratuito, a los padres se les complica traer desde el campo a los chicos todos los días”, reconoció Mariela.

Recordó un proyecto que presentaron hace un tiempo para contar con una “Casa del Estudiante Rural” en Brandsen, donde los egresados de escuelas de campo tengan un lugar para quedarse y puedan continuar con sus estudios superiores.

“Sería para los que tengan que viajar a la Facultad o estudiar en el Instituto Superior, algo similar a los albergues estudiantiles que las localidades del interior tienen en La Plata”, detalló.

Los profesores del CEPT —quienes forman, algunos desde hace muchos años, un gran equipo de trabajo— saben lo que significa el esfuerzo de los padres, eso de transitar caminos con barro o inundados, porque ellos también lo hicieron en su momento.

Hoy el establecimiento, cuyo director es Juan Cruz Salgueiro, se ubica en la vieja Estación de Gobernador Obligado, en un predio de cinco hectáreas, con un ingreso consolidado de tierra por la ex Ruta Provincial 54, pero en sus inicios estaba en el paraje La Pepita.

“Hacíamos kilómetros a pie con lluvia. A veces nos iban a buscar en una vieja Estanciera o, cuando había compañeros que tenían camioneta, nos acercaban. En muchas ocasiones nos quedábamos encajados”, recordó.

El sentido de pertenencia con el lugar y sus alumnos hace que el maestro rural cuente con uno de los índices más bajos de ausentismo: “Tenemos muy baja inasistencia. No podemos no ir porque ellos nos están esperando. La gente que entra a trabajar ahí se compromete, se enamora”.

Los chicos tampoco faltan porque, además de aprender, para ellos es el momento de encontrarse con otros adolescentes, de compartir diferentes cuestiones que, a veces, por las distancias, es difícil que se dé.

Por otro lado, en el CEPT también cuentan con un Consejo de Alumnos —algo similar a un centro de estudiantes—, tienen gallinas, invernáculo, huerta, un sector de apicultura y otro productivo en el que se hace alimento balanceado de calidad para un proyecto en el que crían pollitas en sus casas.

Alguna vez Mariela tomó aulas en escuelas del radio céntrico, pero no se pudo acostumbrar y concentró toda su carga horaria en el CEPT. La mística del ferrocarril provincial, la construcción de estilo neoclásico de la estación, la brisa de campo, el mugir de las vacas y el canto de cotorras y palomas picazuró ya eran parte de su ser.

Dentro de tres años y medio estaría en condiciones de jubilarse, pero no piensa en ello. Este sitio brinda felicidad, trae paz, conserva valores, hace que uno disfrute del lugar en el que está: “Me voy a quedar hasta que me dé el cuerpo. Este es un lugar con historia, que me gusta, el que quiero y al que le debo mucho en la vida”.

 

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