Tras jubilarse luego de casi cuatro décadas como docente, la exdirectora del Jardín 909 de Brandsen charló con Detrás de la Noticia sobre sus inicios, su extensa carrera y la actualidad de la enseñanza.
En una época en la que la educación suele estar bajo cuestionamientos y muchos docentes esperan llegar a los 25 años de antigüedad para jubilarse, Carina Aberastegui decidió quedarse. “Yo siempre sentí que todavía tenía cosas para dar”, asegura. Y así fue: le dedicó casi 40 años a la escuela pública, a formar equipos y a dejar huella en cada institución por la que pasó, especialmente en el Jardín de Infantes N° 909, convertido con el tiempo en uno de los más elegidos de Brandsen.
La jubilación le salió el 31 de enero pasado. Pero la fecha administrativa quedó en segundo plano: la comunidad organizó una despedida con caravana incluida. “Fue muy emocionante. Que las familias se acerquen así es algo que no se olvida”, dice.
Aunque muchos podrían pensar que siempre soñó con ser maestra, su historia fue distinta. “En realidad yo encontré mi vocación”, explica. Tras terminar la secundaria comenzó a estudiar Medicina, pero las dificultades económicas le impidieron continuar. “Antes era muy difícil. No había boletos gratuitos y los libros había que comprarlos o alquilarlos. Se hizo muy complicado”. Una compañera fue quien la impulsó a anotarse en magisterio. “Cuando llegaron las prácticas me enamoré de esta carrera”.
Se formó en el Instituto de Formación Docente N° 49 y se recibió en 1986 como maestra normal superior. Luego sumó el profesorado de Educación Inicial, Educación Especial en La Plata y un postítulo en Lengua. Su primera experiencia frente a un aula fue una suplencia de diez días en primer grado en la Escuela N° 7 de Gómez. “Todavía hablo en presente cuando digo que amo los dos niveles”, se ríe al recordar sus años en primaria e inicial.
Una de las etapas que más la marcó fue la Escuela N° 10. “Fue maravillosa, desde todo punto de vista. Desde lo pedagógico me formó y me marcó en lo organizacional”, afirma. Recuerda a la directora Nora Pacheco como “maestra de maestras” y destaca el equipo que supieron construir: “Todas teníamos la misma camiseta. Muchas veces nos reuníamos en nuestras casas a planificar. Eso hoy lo recuerdo con mucho orgullo”.
Aunque trabajó en los tres niveles, admite que su “corazoncito siempre estuvo en inicial”. En 2017 fue asesora en la Dirección General de Cultura y Educación, pero decidió volver al jardín. “Extrañaba abrir la puerta de la salita y que te abracen. Esa energía no se reemplaza con nada”. También le propusieron concursar para inspectora, pero eligió quedarse en el trabajo cotidiano: “Prefiero lo diario, el contacto directo”.
En 2007 asumió la dirección del Jardín 909. “Si algo funciona no hay que desecharlo; hay que continuarlo y darle impronta”, sostiene. Bajo su gestión, junto a una cooperadora numerosa y comprometida, se incorporaron televisores y equipos de música en cada aula, aire acondicionado y se gestionaron donaciones y subsidios. “Nuestro trabajo es asesorar y guiar, pero lo más importante es respetar a la comunidad. Brandsen es súper colaboradora”.
Otra etapa significativa fue su labor en la Escuela N° 501 como maestra especial, trabajando en procesos de inclusión en el nivel secundario. “No es que haya docentes malos; a veces hay desconocimiento. Lo primero que hay que entender es que hay una ley y que la inclusión está normada. Lo que se necesita es apertura y vínculo”, explica. Recuerda con emoción los mensajes que recibió de profesores al jubilarse: “Algunos me agradecieron por lo que logramos juntos”.
Al hablar del presente educativo, su tono se vuelve firme: “Me da tristeza cuando se desvaloriza la educación. Para que haya calidad educativa necesitamos docentes bien plantados, poniendo el corazón, enamorándose de lo que hacen”. Reconoce los cambios sociales y las dificultades actuales, pero insiste en el compromiso. “En el jardín se juega, sí, pero jugando se aprende. Y hay que estar cerca de las familias, explicar, acompañar”.
Sobre la baja de natalidad y el cierre de cursos, reflexiona: “Es preocupante, pero también es una oportunidad para apostar más a la calidad. No debemos quedarnos sólo con el cierre”.
Aunque ya inició su etapa como jubilada, Carina aún cubre una suplencia en el Instituto Superior y no descarta seguir vinculada a la educación. “Mi cabeza sigue a mil”, admite entre risas. Por ahora disfruta de su familia y de pequeños momentos cotidianos. Pero después de casi cuatro décadas en las aulas, queda claro que su vínculo con la enseñanza no se corta con una resolución administrativa.