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Pacho Bolontrade, de los días sin clientes a casi 30 años detrás de las tijeras: “Había días que no hacía ni un corte”

Pacho Bolontrade, de los días sin clientes a casi 30 años detrás de las tijeras: “Había días que no hacía ni un corte” 1

El peluquero local habló con Detrás de la Noticia sobre su llegada al rubro por casualidad, sus duros comienzos y el fenómeno actual de las barberías.

Hace unos años, la peluquería de hombres era uno de los lugares de encuentro de cada pueblo o ciudad chica, donde uno, mientras esperaba, conversaba con personas que hacía tiempo que no veía, leía el diario o alguna revista vieja y también se enteraba de diferentes noticias, de lo que todavía se conoce como “chusmerío”.

Hoy, los cambios en las costumbres y la vorágine cotidiana llevaron a que eso se perdiera debido al sistema de turnos implementado hace un tiempo, algo que se aceleró con lo vivido durante la pandemia por COVID.

Sin embargo, la peluquería de hombres, por diferentes cuestiones, está más vigente que nunca y cada vez son más los locales. Silvio Bolontrade, “Pacho” para todos, es un fiel referente en Brandsen de este trabajo que es mucho más que un oficio.

Por eso, Detrás de la Noticia lo entrevistó para conocer su historia y actualidad, como un homenaje a los peluqueros que celebraron su día el 25 de agosto. “Tenía 23 años cuando empecé. Estoy por cumplir los 53. Así que hace casi 30 que me dedico a esto”, detalló apenas se encendió el grabador del celular.

La charla se desarrolló un lunes, el clásico día en que, como las panaderías, las peluquerías están cerradas. Fue en su local de calle Larrea, ante la atenta mirada de su hijo Jano, de 7 años, que cada vez que podía vertía un pícaro comentario sobre lo que Pacho contaba.

Su llegada al rubro no fue algo pensado. Luego de terminar la escuela secundaria y pasar por algunos trabajos —muchos cuarentones y cincuentones recordarán su local de videojuegos—, esas cuestiones que ocurren en la vida lo llevaron hasta allí.

“Un día fuimos con mis amigos a comprar ropa y pasear por la peatonal Laprida de Lomas de Zamora —algo habitual en la época— y me dieron un panfleto sobre un curso de peluquería. Lo leí y me interesó”, declaró.

Luego entró al local donde se daba el curso —para el asombro del resto— porque en su interior algo había hecho un clic, y no estaba equivocado. Pacho se anotó sin saber bien qué lo esperaba y empezó el lunes siguiente.

Inmediatamente, las tijeras, los peines y los cepillos lo atraparon. Fue como un amor a primera vista: “Me gustó de entrada. Fue una locura porque nunca había pensado en ser peluquero”.

Los inicios no fueron fáciles porque la peluquería en Brandsen tenía un fuerte arraigo como oficio de gente mayor, con los legendarios Juan Latorre y Hugo Vitale a la cabeza, aunque ya habían incursionado otros más jóvenes, como “Cacho” Martínez y Walter “Pelusa” Zubiri.

“En su momento era el más chico y ahora soy el más viejo”, destacó entre risas. Empezó con cortes a domicilio, mientras lo mechaba con su trabajo de remisero, hasta que un corredor que le vendía artículos de peluquería lo impulsó a abrir su propio local.

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“Te traigo todo y me lo pagás como podés”, le dijo. “Ahí empecé en el garaje de la casa de mi vieja, en el barrio Las Mandarinas. Al principio había días que no hacía ni un corte. Era nuevo y la gente ya tenía sus peluqueros”, señaló.

Estuvo dos años ahí y recordó que muchos de sus clientes eran habitués del bar de Bigliatti, que estaba al lado. El gran salto lo dio cuando se mudó a un amplio local sobre calle Ituzaingó, frente al correo, donde estuvo durante muchos años.

“Ahí empecé a hacerme conocido. Era una época en la que tenías que ser prolijo, no te podías equivocar, en la que se usaba más la tijera. Hoy, salvo la gente más grande, a veces no importa si tenés dos mechones para un lado y tres para otro, pero, ojo, también hay chicos que son exigentes”, recalcó.

Casi siempre trabajó solo, aunque algunas veces tuvo ayudantes. Actualmente, de manera esporádica, colabora con él su hijo Alejo, que tiene 21 años y estudia Ciencias Económicas. Su otra hija es Lourdes, de 23.

Por otro lado, contó que cambió la periodicidad con la que se va a la peluquería: “Antes un hombre venía a cortarse el pelo una vez por mes, con suerte. Hoy hay jóvenes que lo hacen una vez por semana porque eligen cortes con máquina que necesitan ser retocados”.

Manifestó que este boom tiene que ver con una moda, con algo inducido comercialmente y con cortes como el fade o degradé —rapado al costado—, que antes usaban solo pequeños grupos y hoy son muy populares: “Igualmente, hay gente más grande que se anima a esto, mucho más de lo que la gente cree”.

Por esta demanda, destacó, existen muchas barberías, incluso en los barrios, y todas tienen trabajo. “Siempre que tuve la posibilidad ayudé y aconsejé a los chicos nuevos: que sean responsables porque este oficio es para toda la vida. Y también que aprendan a cortar con tijera a la gente grande, como yo me tuve que aggiornar para los más jóvenes”, resaltó.

Al ser consultado por el término “barbería” —que ahora la mayoría de los locales utiliza en vez de “peluquería”—, opinó que este cambio ocurrió porque algunos hombres comenzaron a ir para retocarse la barba, algo que se había perdido.

Agregó que también tiene que ver con una moda que surgió en Estados Unidos de reivindicar a las barberías tradicionales y que, además, se sumó la venta de productos del rubro, algo que antes no ocurría: “Ahora hay muchísimas máquinas de corte y una gran cantidad de insumos, geles, ceras y polvos para el pelo, por ejemplo”.

También reconoció que muchos jóvenes hoy se afinan las cejas, algo impensado años atrás, y que son muy detallistas con la barba: “Igualmente, ellos son el 20 por ciento de mi clientela. Tengo gente más grande que viene desde hace años. Mi público va desde 0 hasta 80 años”.

Con respecto a la reconocida dificultad para atender a los niños, subrayó: “Me encanta cortarles a los chicos. Es difícil porque a veces no se quedan quietos y el pelo es distinto, es más lacio, con otra caída, pero lo disfruto”.

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“Trabajo mucho con ellos y también con bebés. Hoy me toca pelar a hijos de papás a los que también pelé cuando nacieron. Eso es algo muy hermoso”, recalcó con un dejo de emoción.

Muchas veces se dice que el peluquero es como una especie de psicólogo y que el sillón se transforma en un diván imaginario desde el que fluyen palabras que se tienen guardadas.

“La gente a veces tiene ganas de hablar y, al verse la cara en el espejo, se suelta. Uno escucha con respeto, sin juzgar. Lo único que les digo es que no me pidan consejos porque soy una máquina de errores”, comentó Pacho entre risas.

Reconoció que respeta esas conversaciones y no divulga sus contenidos, y que también, a veces, los peluqueros son quienes necesitan hablar con el cliente.

Por otra parte, admitió que ya no hace cursos por la experiencia que tiene, pero que siempre mira videos en redes sociales para estar actualizado: “Igualmente, hoy tenemos la ventaja de que el cliente te muestra en el teléfono una foto del corte que quiere. Antes te lo explicaban con palabras y el peluquero tenía que saber entenderlo”.

Contó que desde hace diez años se maneja por turnos porque notó que la espera para atenderse hizo que bajara la clientela: “Llegaba una persona y había cinco o seis delante de él. No se podía quedar porque tenía que irse al laburo. Costó al principio, pero terminó de acomodarse después de la pandemia”.

Entre un sinfín de anécdotas recordó el día en que lo asaltaron: “Un supuesto cliente sacó un cuchillo y se lo puso en el cuello a un chico que estaba en el local. Me robó la billetera y salió corriendo. Lo agarraron cuando quiso meterse en una casa de la calle Italia. Era de la zona de Moreno”.

Agradeció a la gente de Brandsen por “todos estos años de confianza” y por las relaciones y vínculos que forjó con muchos clientes, porque “acá todavía se vive un espíritu de pueblo”.

“Nunca me faltó el trabajo, nunca la pasé mal. Por eso digo que la peluquería es mi lugar, y vengo con ganas porque me gusta mucho lo que hago. Por eso, voy a cortar el pelo hasta el último día, hasta que me dé el cuerpo”, sentenció.

Él aprendió con profesores que habían trabajado con aquellos barberos italianos incansables, de una época en la que no se tocaba al cliente, en la que se cortaba con la ayuda del peine, en la que no podía haber errores.

Ellos dejaron en él ese legado: el de la precisión, el de la responsabilidad, el de la discreción. Valores que, a veces, se creen perdidos, pero que en este rubro, con Pacho, están más vigentes que nunca

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