RANCHOS: Se cumplen 24 años del crimen de Liliana Tallarico | DLN
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RANCHOS: Se cumplen 24 años del crimen de Liliana Tallarico

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Este 5 de febrero se cumplieron veinte años del crimen que mantuvo en vilo al país. En un principio se sospechó del novio. Luego se lo desvinculó y el caso, como otros tantos, se congeló. Siete años después la hija de la víctima y única testigo del asesinato, “recordó” lo que supuestamente había sucedido esa fatídica madrugada. Sin embargo, la causa fue cerrada definitivamente en 2009 sin culpable alguno.

El manual del periodista dice que el primer párrafo de una crónica periodística debe contestar las llamadas 5W (cinco preguntas que resumen todo el hecho que contiene cierta relevancia para la opinión pública). Entonces, comencemos. ¿Qué pasó? Un asesinato. ¿Dónde sucedió? En el departamento 8 “D” de un edificio ubicado en la calle 29 entre 43 y 44 de la ciudad de La Plata. ¿Cuándo? El 5 de febrero de 1994. ¿A quién mataron? A Liliana Ethel Tallarico. ¿Cómo la mataron? Con dos cortes en el cuello. Agreguemos un sexto interrogante ¿Por qué la mataron? Incógnita, el crimen quedó impune. Por ende, la pregunta de quién la mató también quedó pululando en el misterio.

Pasaron veinte años de este asesinato que por la década menemista conmovió a la ciudad de las diagonales. El crimen en cuestión, tuvo ciertos elementos propios de una novela negra. En primer lugar, la víctima parecía llevar una vida monótona, sin contratiempos ni enemigos visibles. Se trataba de una bailarina de danzas folclóricas de 32 años, madre de una niña de once, que trabajaba en una mutual y que desde hacía tres años se encontraba separada del padre de su hija y que de a poco comenzaba a reentablar su vida amorosa.

En segundo lugar, no hubo testigos del hecho, salvo la pequeña Valeria que vio todo pero que no pudo decir nada puesto que un estrés postraumático la calló. Mientras que la niña no podía recordar, los vecinos del edificio declararon que en la madrugada del 5 de febrero habían escuchado gritos y golpes provenientes del “8D”. Luego un portazo y el ascensor. Después silencio. Era lo único que sabían.

Por la mañana Valeria apareció tirada sobre el suelo tras caer desde su departamento. Había intentado escapar por la ventana utilizando unas sábanas anudadas, las cuales no resistieron y se deshicieron dejando caer a la niña al vacío. También se encontró el cuerpo desnudo de su madre que estaba arrodillada en el piso con los brazos extendidos sobre la cama. La habían degollado. Se iniciaba así la investigación del asesinato de la “bailarina” –como las crónicas periodísticas bautizaron al caso- que con muchos vericuetos y un giro inesperado fue definitivamente cerrado en agosto de 2009. Aquí, la historia.

Esa maldita madrugada

Liliana Ethel Tallarico había nacido en Ranchos, provincia de Buenos Aires, el 2 de septiembre de 1961. A los quince años ya era profesora de Folclore. Luego, se trasladó a La Plata donde comenzó a consolidar su profesión. Para 1994 le estaba yendo bastante bien. Era integrante del Ballet de Brandsen y además, su trabajo en la mutual bonaerense le había dado un bienestar económico que no sólo le permitía vivir sino también desarrollar su faceta artística o mejor dicho su pasión.

Si bien, todavía se estaba recuperando de ciertos sinsabores de la vida que suelen conocerse como fracasos empezaba a sentir que las cosas mejoraban. Hacía menos de tres años que se había separado de su marido y padre de su hija, José Luis Jara. El fracaso matrimonial tiró por la borda la diagramación de su futuro, o sea sueños, proyectos, deseos y todo aquello con lo cual definimos al futuro. Igual, debía continuar viviendo la vida, levantarse para curar un corazón herido, no sólo por ella sino por Valeria, su hija de once años. En eso estaba, recomponiendo su vida sentimental. Poco antes, había comenzado una relación amorosa con Oscar Murillo el por entonces, director del Ballet de Brandsen.

En la madrugada del 5 de febrero alguien la tomó por detrás de los pelos, la llevó hasta la cama y cuando estuvo casi agachada le aplicó dos cortes en el cuello en forma de “V”. Fue con un cuchillo tramontina. Las pericias determinaron que ese “alguien” también la había violado.

Asustada, Valeria Inés Jara, agarró unas sábanas, las anudó e intentó escapar de la escena del crimen por la ventana. Salir del departamento por la puerta implicaba tener que chocarse con el cadáver de su madre y con el charco de sangre que tiempo después debieron refregar sus abuelos maternos –uno de los tantos errores de la causa, hacer desaparecer la evidencia- cuando ella regresó a vivir al lugar.

Lastimosamente no llegó “sana y salva” a tierra ya que las sábanas no resistieron y la hicieron caer de una altura de casi veinte metros. Se fracturó el brazo derecho y el tobillo izquierdo. Directo al Hospital de Niños “Sor María Ludovica” e internación inmediata lo que implicó numerosas operaciones.

Cuando llegó al hospital Valeria quedó internada en la Unidad de Terapia Intensiva. Silvia Castro, fue una de las enfermeras que la atendió. Sus recuerdos, luego de veinte años, son difusos aunque el hecho de que se haya tratado de un caso tan resonante le ayuda a reactivar la memoria.

“Desde el Ministerio de Salud recibimos un llamado en que nos informaba que iba a ser trasladada una paciente que se había tirado del octavo piso. Así que nosotras pensábamos que la chica iba a venir en estado crítico pero nos asombramos cuando la vimos llegar porque entró hablando sin ni siquiera una máscara de oxígeno. Luego nos explicaron que no es que se había tirado sino que se deslizado con unas sábanas”, cuenta la ya jubilada enfermera.

Lo de las sábanas era lo que no les cerraba a las enfermeras de Terapia. “¿Cómo a una nena de once años se le va a ocurrir atar tantas sábanas para bajar del octavo piso? Además tenés que tener fuerza para atarlas”, continua Silvia. Tenían razón la nena no había atado esas sábanas. Lo hizo otra persona.

¿“Cuál es el recuerdo que tiene de Valeria Jara?” Se le pregunta a la ex jefa de la Sala 21. “La recuerda como una nena que no aparentaba la edad que tenía, sino que parecía una nena más grande tanto por su conducta como por su contextura física ya que estaba muy desarrollada para los once años que tenía. Era una niña que no era nada pudorosa ni vergonzosa. El trato con las otras personas era muy demandante”.

Ahora ¿y el recuerdo de José Luis Jara? “Él era el que llevaba la batuta, todas las decisiones las tomaba él y eso que estaban los abuelos paternos con la nena. Creo que llegó a los pocos días en que la nena quedó internada y desde ese momento se hizo cargo de la situación”, relata la mujer de 64 años.

¿Recuerda si hay algo que le llamó la atención de Valeria y sus allegados?. –“La chica jamás nos habló a nosotras sobre el tema pero nos llamaba la atención su frialdad porque no demostraba tristeza alguna, estaba muy entera. A lo mejor era un escudo que ella tenía por todo lo que le había pasado. Necesitó muchos años de tratamiento psicológico para poder destruir ese escudo. Con el transcurso del tiempo y lo que fue saliendo a la luz. La dureza mostrada habrá sido quizás un forma de aguantar lo que estaba viviendo”, considera la enferemera.

Su vida, exactamente por eso es que detesta las preguntas. Es que toda su persona ha sido definida a partir de lo ocurrido ese 5 de febrero. Desde ese momento, la niña sería el centro de las numerosas preguntas propias de toda investigación policial. Luego, vendrían la de los periodistas. El caso sacudió a la opinión pública nacional, ¿Quién querría asesinar a la bailarina Liliana Tallarico? ¿Y por qué su hija tuvo que escapar por la ventana? Hubieron más, más, muchos más interrogantes pero ninguna certeza.

Años después, Valeria no querría contestar más preguntas, estaba cansada así que cortó por lo sano. Fue concisa y determinante, cuando recordó estuvo dispuesta a contar lo que de acuerdo a su relato sucedió esa madrugada. Lo hizo y luego quiso continuar con su vida. Pongámosle que quería ser una joven “normal” y no cargar con la cruz de ser la única testigo del asesinato de su madre. De igual manera habló porque se lo debía a ella.

No obstante, cuando ocurrió el crimen la pequeña se bloqueó, no recordaba nada de lo que había visto. Simplemente afirmó haber escuchado la voz del novio de su mamá, Oscar Murillo. Obviamente, la investigación lo sindicó como principal sospechoso. Cuando llegaba al velatorio de la mujer en Ranchos, lo arrestaron pero a la semana salió en libertad. Tenía coartada. Dos testigos afirmaron que en el horario del crimen (establecida por los peritos alrededor de las 4 am) Murillo estaba con ellos en Témperley, partido de Lomas de Zamora.

Finalmente, una comparación de ADN lo desligó del caso. Quedó absuelto de culpa y cargo. Aunque las personas que recuerdan el crimen reconocen que a pesar de ser absuelto la pareja de Tallarico salió muy mal parada. La mirada pública no sólo estaba puesta en él sino incluso en el cuerpo del Ballet de Brandsen del que llegó a decir que estaban encubriendo al bailarín. Lo cierto es a pesar de las acusaciones, Murillo quedó “limpio”.

Mientras que éste había sido considerado el sospechoso principal, su ex esposo, José Luis Jara, jamás quedó implicado como posible autor del hecho. Según su testimonio, ese día había estado en su casa de Ensenada “curando” cerámicos rojos y como prueba tenía la ropa manchada de ese color con la cual se mostró la mañana del día del crimen.

Las averiguaciones continuaron pero no fueron fructíferas. Al ser dada de alta, la hija de la bailarina ranchera quedó al cuidado de su padre. En un principio se marcharon a Ranchos donde alquilaron una vivienda. Tiempo después, lo que para muchos sería considerado como un accionar macabro y que iría en contra de todo consejo terapéutico, padre e hija regresaron al departamento 8 “D”, sí, el mismo en donde murió asesinada Liliana.

Así transcurrieron siete largas temporadas hasta que Valeria ya de dieciocho años y madre reciente de un varón pudo superar el presunto “trance de amnesia postraumática”. En términos simples, la chica ayudada por años de tratamiento psicológico se “desbloqueó” y pudo hablar. Puso fin a la convivencia con su papá, amplió su declaración y abrió un nuevo capítulo en el por entonces congelado caso.

La confesión

Le llevó años poder contarlo. Muchos. Siete. Cuando habló dejó a más de uno boquiabierto porque de acuerdo a sus dichos, durante todo ese tiempo había convivido con el asesino, con el violador, con su padre.

En el 2001 Valeria Inés Jara pidió ampliar su testimonio. Ante el juez Horacio Alberto Nardo declaró (o mejor dicho, reveló) que había sido su progenitor quien había matado a su madre ya que creía que ésta sospechaba algo de lo que estaba ocurriendo. Lo que le contó fue lo siguiente.

La tarde del viernes 4 de febrero su ex esposo debía pasar a buscar a la niña para llevársela el fin de semana. Su retraso colmó la paciencia de la mujer, cuando apareció a eso de las 23 hs no hubo excusa que valga, Liliana le prohibió llevarse a la nena, discutieron y el hombre debió marcharse sin su hija. Una hora después cayó Murillo, su pareja a quien le había preparado su cena favorita. Luego de comer, Valeria se dirigió a su cuarto. A las 2 am, el por entonces Director de Ballet de Brandsen se fue.

Aproximadamente dos horas después, el timbre sonó otra vez. Liliana pensó que su pareja se había olvidado algo así que abrió la puerta sin mediar un “¿quién?” Tampoco miró. Sólo abrió. Al escuchar los gritos Valeria salió de su habitación y vio que su padre apretaba un cuchillo sobre el cuello de su madre. Jara le gritó que ella tenía la culpa de lo que estaba sucediendo, “todo esto es por tu culpa, por hablar”, le habría dicho.

“(…) Mi papá tenía apoyado el cuchillo sobre el cuello de mi mamá Me ordenó que me fuera a mi habitación. Ella tenía una bombacha clarita y algo transparente arriba. Me fui a mi cuarto y no cerré la puerta. El estaba parado, la espalda le daba al espejo (…) la corta, ella se desploma arriba de la cama (…) le digo: ¡qué hiciste!, y él estaba parado al lado de la mesa y me contestó: nada, nada, no pasó nada”. Estos son los sucesos que la mente de Valeria había “bloqueado” por siete años.

Después de haber asesinado a su ex esposa, el empleado telefónico y carpintero, habría violado por segunda vez a su hija. La primera violación, habría sido cuando sus padres ya estaban separados. Aunque, de acuerdo a su relato, no había llegado a contarle a su madre acerca de los abusos que desde hace un tiempo venía sufriendo por parte de su padre, creía que ella sospechaba algo y de ahí la prohibición de llevársela esa noche.

Para escapar de la escena del crimen Jara habría anudado unas sábanas y un acolchado que ató a una de las patas de la cama de Valeria. Un rato después la niña quiso hacer lo mismo pero esta vez las sábanas no aguantaron y la dejaron caer desde un sexto piso.

Luego de recibir el alta del hospital, las violaciones, tal como lo declaró la muchacha, continuaron. A los 17 la joven fue madre soltera de un varón y un año después se atrevió a contar lo que había recordado.

En el edificio el rumor entre los vecinos corrió rápido. La que escribe lo supo por una fuente que no quiso ser revelada. Se cuenta que Valeria aprovechó un viaje que hizo su papá con su nueva novia para denunciarlo. La policía arribó al lugar para allanar el departamento. Una vecina salió como testigo. Al entrar en el “8D” la única cama que encontraron fue una de dos plazas, no había otra. Todo daba a entender que allí vivía un matrimonio más que un padre con una hija adolescente.

A pesar de que los profesionales que actuaron en el caso llegaron a la conclusión de que el relato de Valeria era creíble lejos estaba de poder “echarle” agua a la causa.

El desenlace

Ocho pericias psicológicas y psiquiátricas sentenciaron que el relato de la joven era verosímil. Ahora hablaba porque había podido superar un presunto “trance de amnesia postraumática. Agreguemos un datito sobre Valeria, odia escuchar que el homicidio de su madre sea llamado como “el crimen de la bailarina”. Para ella el rótulo es grave, una ofensa a su memoria porque Liliana, era mucho más que eso, “era profesora de danzas desde los quinces años y a nadie le importa” se encargó de aclarar en una entrevista que le dio a Página/12.

Tras la acusación de su hija en 2001, Jara quedó detenido en la comisaría de Villa Elisa durante ocho meses. En su defensa tildó a Valeria de loca, celosa, fabuladora, insensible, perversa. Ahhh, también la acusó de boicotiadora de parejas, según él, la jovencita le ahuyentaba las novias.

Estaba indignado con que su primogénita fuera la autora de semejante injuria que lo representaba como el asesino de su ex esposa y violador de su hija. No una sino doble injuria.

En 2002 la joven ratificó sus dichos y el juez Nardo elevó el expediente a juicio oral. Pero, la sala IV de la Cámara Penal platense —integrada por Carlos Ocampo, María Elia Riusech y Sara González— determinó que el relato brindado por Valeria no era creíble. Argumentaron que se contradecía con lo declarado siete años atrás. Además, ya no quedaban pruebas. Contradicción. La investigación en vez de aclarar, oscureció el caso. El mal desempeño de los peritos policiales del Servicio Especial de Investigaciones Técnicas (SEIT) hizo añicos la escena del crimen. A la altura en que la “verdad” salió a la luz ya no quedaban evidencias.

En diciembre de 2004 la Justicia ordenó el sobreseimiento provisorio del empleado telefónico. Antes Jara, se había negado a las pruebas sanguíneas y antropométricas (peso y altura) solicitadas por el abogado de la familia Tallarico.

Nuevamente el caso se congeló. Entonces, al considerar que no había habido avances concretos en la causa desde el año 2004, el juez de Garantías Juan Pablo Masi fue quien en agosto de 2009 cerró definitivamente la causa por el crimen de la bailarina.

Tanto para Valeria como para la familia materna esto supuso un trago difícil de asimilar. A la chica le quedó la tranquilidad de haber dicho lo que alguna vez su conciente silenció sumado a que las pericias fueron favorables a ella: se descartó la falacia y la simulación en su relato y su carácter tampoco presentaba rasgos delirantes, alucinatorios o psicóticos. Además, la criminogénesis -que es la hipótesis de cómo se llevó adelante el asesinato- que hicieron los especialistas coincidía con el relato hecho por ella. Sin embargo, no podía sacarse de la cabeza que para la justicia su padre era inocente. Y al fin de cuentas eso era lo que valía.

Pasaron veinte años del asesinato de Liliana Tallarico. Para hacer esta nota quisimos contar con el testimonio de sus seres queridos. Aquí otro problema, sus padres Ethel Perla Idizaterri y Victoriano Tallarico fallecieron hace ya algunos años, la madre antes que el padre. Su hermano Gustavo que aún hoy vive en Ranchos y tiene una panadería no quiere hablar del tema, tampoco cree que lo quiera hacer su sobrina “por el nene y por muchas cosas”, explicó.

Acertado, Valeria no quiere hablar. Dimos con ella, es fácil hacerlo ya que sigue viviendo en la ciudad de La Plata. Una tarde después de varios intentos una mujer atendió el teléfono de su casa, le dijimos que queríamos hablar con Valeria Jara, por qué motivo preguntó, le explicamos, respondió que ella solamente estaba cuidando la casa y que si queríamos llamáramos después. Lo hicimos pero ya nunca respondieron los llamados. Suponemos que la joven que ahora tiene la misma edad que su madre al momento de ser asesinada quiere seguir adelante su vida sin tener que repetir una y otra vez cómo fue el asesinato de su mamá. Parece ser que quiere dar la vuelta de página.

“Lo único que sabemos de José Luis, ex esposo de la víctima -que en un principio fue inocente, luego “culpable” y nuevamente declarado inocente- es que continúa trabajando como técnico en una muy reconocida empresa telefónica. No pudimos dar con su paradero” Informó Agencia Nova

A Liliana Ethel Tallarico, bailarina de 32 años, la asesinaron con dos cortes en el cuello. Su asesino eligió matarla de esa manera quizás porque su morbo homicida más que apropiarse de su vida deseaba apropiarse de su silencio.

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