La fonoaudióloga brandseña charló con Detrás de la Noticia sobre el trabajo que llevan adelante en la lucha contra el uso excesivo de las pantallas y la adicción que, en algunos casos, producen.
La masividad del uso del teléfono celular a principios de este siglo, sumada al constante avance tecnológico, le brindó a la humanidad una herramienta que simplificó y colaboró en la vida de las personas.
También, con el paso de los años, la incorporación de nuevas funciones y el acceso a otras herramientas —como cámaras de foto y video, internet y redes sociales, entre otras— hicieron que se transformara en un instrumento vital en la vida de cada uno.
Sin embargo, en muchos casos, esto trajo aparejado un uso excesivo que derivó en conductas adictivas que afectan la salud de las personas y, principalmente, el desarrollo de los más pequeños.
La licenciada en Fonoaudiología Rosana Cortes es una de las brandseñas que, junto con otras colegas y profesionales de diversas ramas, viene trabajando desde hace tiempo para concientizar sobre este flagelo, que afecta a más personas de las que se piensa.
Su relación con esta problemática comenzó años atrás, cuando se desempeñaba en los equipos de orientación de jardines de infantes y notó que algunos nenes ingresaban a la sala de 3 con poco lenguaje, falta de desarrollo de este y escasas habilidades para comunicarse.
“No es lo mismo que aquellos que son tímidos y no hablan, porque durante el primer trimestre ese comportamiento empieza a cambiar. Para mí fue una señal de alerta y me dije que había que empezar a hacer algo. Tuve esa inquietud personal”, detalló a Detrás de la Noticia durante una entrevista realizada en su consultorio del barrio República.
“Al charlar con otras colegas, notamos que el punto en común era que los nenes pasaban mucho tiempo con el celular y que sus padres se lo daban desde muy chicos”, destacó.
Allí, Rosana —que también es maestra, se recibió como fonoaudióloga en el Instituto Superior N.º 9 de La Plata y finalizó la licenciatura en la Universidad Nacional de esa ciudad en 2002— comenzó a investigar qué ocurría en otros países y qué criterios adoptaban distintas asociaciones de pediatría.
“Ya había evidencia científica de que el área frontal de la corteza cerebral disminuía y había menos conexiones neuronales por la alta exposición a las pantallas”, contó la profesional.
Durante la entrevista, destacó que el uso excesivo de los celulares “genera mucha dopamina, que es la hormona del placer, conocida como la hormona de la felicidad. Esto lleva a ver una cosa y querer ver siempre más”.
Es un proceso paso a paso, una especie de recompensa, un circuito. Uno cree que se está perdiendo algo o tiene la sensación de que siempre hay algo más por ver. Es lo que se conoce como “scrollear”, algo parecido a jugar a las tragamonedas y que, en muchos casos, hace que cueste o resulte imposible dejar de mirar el celular.
La profesional subrayó que su preocupación principal se centraba en que las conexiones neuronales que se producen durante esta primera etapa tienen impacto en el aprendizaje escolar, principalmente en la lectoescritura.
“Cuando están frente a las pantallas, algunas neuronas no se conectan como ocurre cuando juegan con sus manos o al aire libre, cuando imaginan, leen un libro o están con un juguete u otros chicos. Y si eso no ocurre, mueren, y se traduce en un menor rendimiento académico y una menor inteligencia”, alertó.
Por eso, pusieron manos a la obra. Comenzaron a realizar reuniones en guarderías y jardines. Después llegaron los videos, las campañas en los medios de comunicación y las charlas abiertas a la comunidad, como las exposiciones espontáneas en las salas de espera de los centros de salud, donde repartían folletos.
Luego, junto con su colega Mónica Stefano, incorporaron a la cartilla de recomendaciones que entregaban a los padres después de la primera otoemisión acústica realizada a los bebés la sugerencia de evitar por completo el uso de pantallas hasta los 3 años, tal como aconsejan las sociedades pediátricas.
Estos problemas se exacerbaron con la llegada de la pandemia, cuando toda la vida pasaba por el celular: “Fue cada vez peor. Los nenes tenían más conductas disruptivas e hiperactivas, estaban muy ansiosos, tenían poca tolerancia a la espera, les costaba compartir y se aburrían rápido”.
“El interés primordial era el teléfono. Los padres se lo daban para comer, viajar en el auto, esperar en el pediatra; para todo”, destacó sobre aquel momento.
“Fue una preocupación muy grande. Tiempo después armamos una campaña llamada ‘Desconectar para conectar’ y todas las fonoaudiólogas de la salud pública del distrito empezamos a hacer videos cortos para concientizar y sensibilizar a la comunidad sobre esta problemática”, declaró.
“También brindábamos propuestas, como que los padres compartieran más tiempo con sus hijos, porque a veces notábamos que el celular hacía las veces de niñero; que realizaran más actividades al aire libre y que los chicos comenzaran un deporte o aprendieran a tocar un instrumento o un idioma”, recalcó.
Otra de las propuestas para disminuir su uso era establecer reglas en el hogar, como no utilizar el celular durante las comidas, algo que los adultos también debían cumplir para dar el ejemplo.
“Tuvimos una buena repercusión con la campaña. A la gente le interesó, aunque había padres que naturalizaban su uso y decían que no podían hacer mucho. Pero también estaban quienes se preocupaban, principalmente los padres de adolescentes”, afirmó.
Rosana —quien actualmente trabaja en los CAPS Los Pinos y La Dolly, además de atender de manera particular en su consultorio— también se refirió a la adicción a las pantallas entre los jóvenes, una problemática que tiene numerosas consecuencias.
“Hoy las cifras de suicidios adolescentes son alarmantes porque ellos están muy solos, no conversan con sus amigos y las redes de contención están más debilitadas por los celulares”, agregó.
La profesional destacó que “hoy, cuando se tiene una angustia, es difícil contar con alguien cerca que dé un abrazo o diga unas palabras cara a cara. Eso hace que la parte emocional esté muy debilitada”.
Por eso, también afirmó que las pantallas afectan la salud mental al generar ansiedad y depresión, porque no es lo mismo reírse con amigos, conversar y poner las emociones en juego que estar frente a “un cuadradito negro”.
Por otro lado, con respecto a las recomendaciones que les brinda a los padres, sugiere que realicen actividades junto con sus hijos, como tomar mate o un té para charlar, salir a hacer los mandados y generar espacios de conversación.
“No podemos decir basta de celulares porque ya están, pero sí podemos poner límites, establecer franjas horarias y pasar tiempo en la naturaleza con nuestros hijos, aunque sean dos horas durante el fin de semana”, sostuvo Rosana.
“Además —agregó—, los adolescentes llegan a la escuela con muy pocas horas de sueño porque los padres duermen y no saben qué hacen ni qué miran. La dopamina pide más y, por ejemplo, abre la puerta a otras adicciones, como la ludopatía o la pornografía”.
A los trastornos del sueño que padecen actualmente los jóvenes, comentó, se suman consecuencias a nivel visual —ya hay muchos chicos con miopía—, sobrepeso por el sedentarismo y el mayor consumo de comida chatarra, y problemas de espalda debido a la curvatura de la columna que provoca la posición en la que se utiliza el celular, entre otros.
También manifestó que muchos adultos están buscando ayuda porque se encierran en el celular, no se vinculan con otras personas, ingresan en distintas adicciones a través de las pantallas o se deprimen.
“Los adultos que pasan mucho tiempo mirando el celular no leen un libro, no salen a caminar, no hacen deportes ni hablan con sus hijos”, destacó.
Si un adulto necesita ayuda, puede acercarse a la red “Antorchas de la Oscuridad”, de la que Rosana forma parte como operadora. Dos de los números de contacto son 2223 674365 y 2223 460949.
“Junto con otras personas, brindo en mi iglesia contención emocional y espiritual, mostrando el camino de la fe en Jesús y la fraternidad como medios para alcanzar la libertad frente a cualquier tipo de adicción”, recalcó.
Si se trata de un niño, puede recurrirse a cualquier fonoaudióloga si el problema se presenta en el lenguaje. En cambio, si tiene trastornos de ansiedad, puede acudir a un psicólogo infantil o al pediatra para que realice la correspondiente derivación.
Rosana recomienda el libro “Adictos en pañales”, escrito por el neuropediatra platense Mauricio Pedersoli, en el que colaboran profesionales de diferentes especialidades de la salud. Allí abordan, desde sus respectivas áreas, el impacto del uso excesivo del celular y las estrategias para revertir sus consecuencias.
Actualmente, desde la Organización Mundial de la Salud se sugiere evitar por completo las pantallas hasta los 3 años; de los 3 a los 6, permitir ocasionalmente videos educativos con control parental; y de los 6 a los 9, también con supervisión y durante no más de dos horas por día. Recién a partir de los 12 o 13 años pueden utilizarlas con mayor autonomía, pero sin encerrarse en sus habitaciones.
Incluso, en algunos países volvieron a salir al mercado celulares analógicos que permiten estar comunicados, pero no tienen acceso a las redes sociales.
En Noruega, por ejemplo, ya recomendaron retirar las computadoras y las tablets de las escuelas y volver a los libros. Se trata de uno de los países con mejor nivel académico, aunque sus indicadores decrecieron durante los últimos años.
Además, muchos ejecutivos de empresas informáticas no les dan celulares a sus hijos porque advirtieron que crearon algo capaz de generar adicción. En China, por ejemplo, país donde surgió la plataforma TikTok, los adolescentes solo tienen acceso a ella durante algunas horas al día.
“Queremos que los padres de la comunidad de Brandsen estén alertados sobre el uso de las pantallas porque lo que está pasando es un atentado contra la infancia”, dejó Rosana como reflexión final.
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